Tortugas Ninja - Poster
Teenage Mutant Ninja Turtles 1990 Steve Barron

Tortugas Ninja

6.8 IMDb
🍅
81% Rotten
💩
80.0 Mierdómetro

Ernesto del Ardor analiza ‘Las Tortugas Ninja’ (1990). Una crítica mordaz sobre la mugre de Nueva York, los animatrónicos de Jim Henson y el juego de NES.

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¿Dónde verla?

Las cuatro Tortugas Ninja mostrando el detalle de los trajes animatrónicos de The Jim Henson Company.

Hay películas que no irrumpen en tu vida: reptan hasta ella con la dignidad aceitosa de una pizza consumida a medianoche y terminan instalándose en tu memoria como un olor, como una humedad, como una iluminación que te favorece inesperadamente. Las tortugas Ninja (1990), dirigida por Steve Barron, pertenece a esa estirpe extraña de obras que uno recibe primero con una ceja levantada y acaba abrazando con una ternura casi vergonzosa. Digo “casi” porque yo hace tiempo que aprendí a no avergonzarme de aquello que me conmueve, sobre todo cuando el director de fotografía parece haber comprendido que la mugre, tratada con respeto, también merece un buen plano secuencia.

La tortuga ninja Raphael comiendo pizza

Sobre el papel, la premisa tiene algo de delirio febril: cuatro tortugas mutantes adolescentes, expertas en artes marciales, que viven en las alcantarillas, comen pizza y combaten el crimen bajo la tutela espiritual de una rata filósofa. El tipo de idea que, en manos torpes, podría haber derivado en un espasmo audiovisual de los que dejan al espectador mirando al techo en busca de respuestas o de asistencia médica. Y, sin embargo, la película funciona. No solo funciona: por momentos encuentra una rara armonía entre lo mugriento y lo entrañable, entre la patada mal dada y la melancolía urbana, entre el chiste juvenil y una sinceridad casi artesanal que hoy resulta difícil no añorar.

Juguete Original de Las Tortugas Ninja

Hay en esta Nueva York una suciedad noble, una penumbra con vocación de poema. Steve Barron, que venía del videoclip y sabía que la forma también piensa, rueda la ciudad como si fuese un callejón emocional: humo, ladrillo, sombras, vapor, neón cansado. Todo parece ligeramente húmedo, ligeramente usado, como si la película hubiese sido encontrada dentro de una caja olvidada en un videoclub de barrio, de esos que olían a moqueta gastada y a promesas de viernes por la noche sin rebobinar. Ese entorno sombrío convierte a las tortugas en algo más que una ocurrencia de cómic: las vuelve criaturas plausibles dentro de una fábula callejera donde la mugre no ensucia, sino que define.

Las Tortugas Ninja comiendo pizza

Y luego están ellas: Leonardo, Donatello, Michelangelo y Rafael. Cuatro temperamentos encerrados en un caparazón, como si alguien hubiese decidido repartir las pulsiones humanas básicas entre criaturas verdes y dotarlas, además, de nunchakus, palos, estrellas ninja (shurikens para los puristas) aderezado con  conflicto interior. Leonardo carga con la responsabilidad del líder; Donatello mira el mundo con la curiosidad del que desmontaría una tostadora para preguntarle por su infancia; Michelangelo convierte la ligereza en una forma de resistencia; y Rafael —ay, Rafael— arrastra esa cólera adolescente que confunde la herida con el carácter. No diré que me reconocí en él, porque la elegancia exige cierta contención, pero sí admitiré que comprendí muy bien su necesidad de apartarse del grupo, respirar la noche y sufrir con una intensidad casi estética.

Jim Henson con Las Tortugas Ninja

Buena parte del milagro reside en el trabajo físico de las criaturas, obra cumbre de The Jim Henson Company. Los especialistas de su Creature Shop concibieron unos trajes animatrónicos que poseen una materialidad que hoy sigue impresionando: pesan, ocupan espacio, reciben la luz, conviven con los actores y obligan a la película a creer en sí misma. Las expresiones faciales, los gestos, incluso la torpeza parcial del movimiento de los motores internos, juegan a favor del conjunto, porque todo parece existir de verdad delante de la cámara. Uno no asiste a una fría exhibición digital, sino a una presencia tangible. Y esa presencia tiene algo profundamente cinematográfico: el rostro de goma imposible que, aun siendo puro artificio, contiene más emoción y humanidad que la mitad de los actores de mi generación

El sabio maestro Splinter en su versión animatrónica de 1990

Se nota además un cuidado especial en que cada tortuga tenga personalidad no solo en el diálogo, sino en la energía corporal, en la forma de ocupar el plano, en la cadencia con la que responden al caos. Eso no es poca cosa en una película que podría haberse conformado con el chiste y la pirueta. Aquí hay humor, sí, pero también hay una voluntad de carácter. Incluso Splinter, con su serenidad de maestro de alcantarilla y patriarca filosófico, logra algo dificilísimo: decir frases potencialmente absurdas sin perder del todo la dignidad. O quizá la dignidad consista precisamente en decir lo absurdo con gravedad. Es una idea que me ha acompañado durante años, sobre todo en cenas familiares.

El maestro Splinter en Las Tortugas Ninja, 1990

Shredder merece un párrafo propio, como todos los hombres que han comprendido que el exceso, bien administrado, es una forma de autoridad. Su diseño parece el resultado de encerrar a un samurái, un villano de cómic y una portada de heavy metal en una habitación llena de cuchillas. Y, sin embargo, funciona. Tiene esa solemnidad del antagonista que se toma tan en serio a sí mismo que termina siendo memorable. No hay ironía en él: hay convicción, y la convicción siempre luce bien bajo una luz dramática.

El villano Shredder con su armadura de cuchillas y casco metálico

Me interesa especialmente cómo Las tortugas Ninja logra algo que tantas películas contemporáneas persiguen sin alcanzarlo: parecer un producto popular sin despreciarse a sí misma. No necesita guiñarle el ojo al espectador cada treinta segundos para pedir perdón por su propia premisa. No se disculpa por ser rara. No pide permiso por ser infantil, oscura, chistosa y un poco ridícula al mismo tiempo. Simplemente se entrega a su universo con una fe que hoy confundimos demasiado a menudo con ingenuidad, cuando en realidad es una forma muy pura de estilo.

Los malos de la película Las Tortugas Ninja, de 1990

Y hablando de fe: recuerdo aquella tarde jugando a la Nintendo en el lúgubre desván del tío Marcial, con ese aire espeso que emborronaba el ambiente y hacía resaltar mi flequillo sobre la vieja Telefunken, mientras el videojuego de las Tortugas convertía la frustración en una disciplina espiritual. Aquel cartucho tenía algo de prueba iniciática, de rito de paso, de combate íntimo entre mis dedos y una dificultad que parecía diseñada por alguien que odiaba secretamente a la infancia. Pero también tenía esa vibración de universo expandido, esa sensación de que las tortugas no eran solo una película o unos dibujos: eran un clima mental, una educación sentimental con pizza, cloacas y enemigos cromados.

Juego de Nintendo NES de Las Tortugas Ninja

Quizá por eso la película conserva intacto su encanto. Porque no pertenece solo al cine, sino a una época entera del imaginario doméstico: la televisión algo sucia, las tardes de consola, los juguetes de plástico, la promesa de que lo improbable podía ser maravilloso si se filmaba con suficiente convicción. Las tortugas Ninja no es una obra maestra, y haría mal quien le exigiera serlo. Es algo mucho más raro y quizá más valioso: una película con textura, con identidad, con corazón mutante. Una película que entiende que el ridículo y la emoción no son enemigos, sino hermanos de sangre.

Escena de Las Tortugas Ninja, 1990

Yo, que he dedicado parte de mi vida a observar cómo la cámara intenta capturar aquello que apenas merece ser recordado, encuentro aquí una extraña lección de honestidad. Todo en esta película podría haber salido mal. Y, sin embargo, sale bien del modo en que salen bien ciertas cenas improvisadas, ciertos amores incómodos o ciertos perfiles bajo una iluminación benévola: gracias a una suma irrepetible de torpeza, intuición y verdad.

Escena de Las Tortugas Ninja de 1990

Veredicto:  8/10
Una película de caparazones, alcantarillas y adolescencia mutante que convierte lo improbable en entrañable y confirma que, a veces, el cine encuentra su alma precisamente allí donde parecía haber solo látex, humo y queso fundido.

 

 

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