Edén, menuda película.
La premisa es tan delirante que uno duda de que la historia pueda ser real. Pero basta rascar un poco para descubrir que, efectivamente, ocurrió. ¿Cómo es posible que no conociera este caso? Bueno, quizá sea reconfortante pensar que aún quedan relatos estrafalarios por descubrir, pequeñas joyas escondidas en el cajón del absurdo histórico. Ya te lo adelanto: Eden no es una “peliculamala”; lo verdaderamente imperdonable es que nadie haya llevado antes esta historia al cine. ¿Cómo no sedujo la imaginación de algún guionista hace décadas? A estas alturas podríamos tener media docena de adaptaciones… y quizá, con suerte, alguna menos de Spiderman.
Las posibilidades para abordar este relato son infinitas. Por ejemplo, imagina que Takeshi Kitano hubiese rodado Battle Royale con este casting: en una esquina, un filósofo desdentado obsesionado con la eternidad y su mujer vegetariana; en la otra, una familia protestante de manual —embarazo incluido—; y como guinda, una baronesa hedonista y faraónica que se planta en la isla con dos amantes a modo de séquito personal. Todos ellos encerrados, por voluntad propia, en un pedazo de tierra perdido en mitad del mar. Y ahora, hala, a competir por los recursos. Maravilloso.
Y si todo este cóctel de extravagancia no te convence, quédate con esto: el elenco está estupendo, la fotografía luce de maravilla y, sí, el vestuario —o la falta estratégica de él— deja entrever el pezón de Ana de Armas. Si necesitabas un último empujón, ahí lo tienes.




Comentarios