Hay películas que nacen para iluminar la cartelera y otras que, con un poco de suerte, sólo dejan una bombilla fundida. Campamento Flipy pertenece a la segunda categoría con la tranquila convicción de quien llega tarde, mal y con una carpeta llena de chistes que ya olían a cerrado antes del estreno.
La premisa, que en otro universo podría haber dado para una gamberrada simpática, aquí se presenta con la fragilidad de una mesa de camping: un chaval que, por arte de birlibirloque hormonal, pasa a ser adulto y decide usar semejante prodigio para perseguir amores estivales entre monitores, niños y la inevitable figura del adulto autoritario que cree estar dirigiendo un centro de alto rendimiento y no un campamento con colchonetas sudadas. Todo suena a disparate, sí, pero el problema no es el disparate: el problema es la impresión de que el disparate llegó al rodaje sin haber pasado por el departamento de ideas.
El resultado es una comedia que confunde el alboroto con la gracia y la acumulación de situaciones con el ritmo. Se apoya en personajes que parecen diseñados por alguien que sólo había visto el concepto de “campamento” en un folio doblado, y en un humor que aspira a la carcajada cuando, con suerte, logra la media sonrisa del espectador que ya ha decidido perdonarle la vida a la película. A ratos uno sospecha que la cinta no quiere gustar tanto como sobrevivir.
Y sin embargo, en ese derrumbe hay un cierto encanto zoológico. Campamento Flipy no avanza tanto como se desploma con entusiasmo, y eso, en el ecosistema de la comedia española de principios de siglo, tiene su mérito. No es una película que uno recomiende; es una película que uno exhibe como quien enseña una postal de un naufragio con bañistas.
Campamento Flipy es una comedia veraniega que confunde la frescura con el sudor, la chispa con el cortocircuito y la gamberrada con el aviso de avería.





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