Los tres entierros de Melquiades Estrada no es una película que se vea: es una que te aguanta la mirada hasta que bajas tú primero. Y yo, sinceramente, estuve a punto de hacerlo varias veces.
Una experiencia incómoda desde el primer minuto
Porque el visionado, por momentos, es una pequeña tortura. No de las épicas, no. De las cutres. De las que se te meten bajo la piel despacio. Hay algo en el guión que parece empeñado en incomodarte: escenas que se alargan más de la cuenta, silencios que no sabes si significan algo o simplemente están ahí para fastidiarte. Y tú en la butaca, náufrago, sin saber si agarrarte a algo o dejarte hundir.
Un guión desordenado que desafía al espectador
La historia no fluye, se arrastra. Y ese arrastre es deliberado. Empieza como algo más o menos reconocible —un muerto, una promesa, un viaje—, pero enseguida se convierte en otra cosa. Algo más turbio. Más desordenado. El guión no te guía, te suelta en mitad del desierto narrativo y ya te apañarás. Saltos en el tiempo, piezas que no encajan, motivaciones que llegan tarde… o nunca.
Hubo momentos en los que parecía que la película se deshacía delante de mí. Inconsistente, caprichosa. Como si estuviera improvisando su propio relato sobre la marcha.
Cuando el caos empieza a funcionar
Y sin embargo —y aquí viene lo raro—, en medio de ese caos, algo empieza a funcionar. No de forma lógica, sino más bien sensorial. Como un viaje lisérgico pero sin colores bonitos: todo es polvo, carne y culpa.
Te desorienta. Mucho. Hay escenas que no sabes cómo leer, personajes que cambian de forma según el contexto, decisiones que parecen absurdas hasta que, más tarde, dejan de serlo… o no. Y esa ambigüedad constante no es un fallo: es el mecanismo. El guion juega a que nunca tengas el control. A que siempre vayas un paso por detrás.
Un viaje más moral que físico
El viaje físico —ese traslado del cuerpo, ese empeño absurdo— acaba siendo lo de menos. Es más bien un descenso. Cada kilómetro es una capa menos de moral, una excusa más que se cae. Y mientras tanto, tú sigues ahí, en la butaca, medio perdido, preguntándote si todo esto tiene sentido o si simplemente estás viendo a gente equivocarse durante dos horas.
Lo incómodo es que, poco a poco, deja de importar si tiene sentido. Empiezas a aceptar las reglas del juego, o la ausencia de ellas. Y cuando eso pasa, la película te tiene. Ya no eres espectador: eres cómplice de ese desorden.
Final sin alivio (y eso es lo mejor y lo peor)
Al final no hay alivio. No hay ese momento en el que todo encaja y respiras tranquilo. Lo que hay es una especie de resaca narrativa. Como si hubieras atravesado algo más que haber visto una película. Sales con la sensación de haber estado a la deriva, de no haber entendido todo —ni falta que hace—, pero de haber tocado algo incómodo y bastante real.
No es una experiencia agradable. Pero tampoco es de las que se olvidan. No se olvidan, y eso, para bien o para mal, ya dice bastante.






Comentarios